Me llamo Ada, soy uruguaya, de 66 años,
casada, madre de tres hijos casados y tengo seis nietos. Llegamos con mi esposo
a Israel hace 43 años, pensando en formar aquí nuestra familia. Cuando me
jubilé decidí buscar ocupaciones, porque me resultaba extraño no tener una
razón para levantarme después de haber trabajado desde muy joven. Quise hacer
alguna actividad voluntaria cosa que acá es bastante frecuente y una conocida
me recomendó acercarme a una institución que se ocupa tanto de educar y mejorar
la vida de niños que requieren atención especial como de promover leyes y
decretos que mejoren la imagen e integración social de esta población.
Este es el 5to año que formo parte del plantel
de voluntarios de un jardín de infantes, que complementan el trabajo de la
maestra y varios asistentes a sueldo que trabajan a diario en la institución.
Los niños pueden llegar desde las 7:30 y permanecen hasta las 16 hs. Son grupos
de entre 8 y 12 niños. En el grupo en que yo trabajo, en este momento tenemos
doce niños de entre 2 y 3 años con diferentes tipos de discapacidades. Además
de autistas hay niños con parálisis cerebral y varios casos en que aparecen dos
o más discapacidades combinadas. Todos usan pañales, ninguno habla al nivel de
los niños de su edad pero algunos han ido ampliado su vocabulario. Hay niños
que empiezan gateando o arrastrándose sentados y luego de haber fortalecido y
ejercitado sus piernas por diferentes medios (incluyendo natación, calzados
especiales, fisioterapia, andadores, etc.) han logrado caminar.
Hay otros que solo se alimentaban por mamadera
y han aprendido a comer comida sólida, y de a poco se les va enseñando a comer
por sí mismos con cucharita o tenedor. Por supuesto esto depende del grado de
discapacidad de cada uno, pero también depende del tipo de cuidado que hayan
recibido desde su nacimiento.
En la institución hay equipos de
fisioterapeutas, fonoaudiólogos, profesores de natación y de música, dentistas
especializados, etc. que trabajan con cada niño de acuerdo a sus necesidades.
Además hay trabajadoras sociales que junto con la maestra se reúnen con los
padres para asesorarlos y hay un cuaderno a través del cual hay una
comunicación diaria con ellos.
Las reacciones y manejo de cada familia es
diferente. Luego del shock que reciben al enterarse de que su hijo no hay
nacido dentro del espectro “normal”, algunos los miman y se ocupan menos de
desarrollar sus capacidades y otros por el contrario esperan lograr más de lo
que el niño es capaz. En cuanto al jardín, al principio hay temor y
desconfianza al dejar al hijo en manos de extraños pero de a poco se va ganando
el aprecio y confianza. Lo que nos proponemos es que el chico llegue a ser lo
más independiente posible. La institución recibe fondos del estado pero además
invierte mucho por medio de fondos que recauda de donantes, venta de diferentes
artículos, uso de las facilidades en las horas de la tarde para hidroterapia, sala
de aparatos, etc.
Yo siento gran satisfacción al ver los
progresos de los niños y también admiración y respeto por todo el equipo
profesional que trabaja muy duro y con mucho amor para mejorar al máximo el
futuro de las familias involucradas.
Uruguaya en Israel, trabaja como voluntaria en un jardín para niños autistas
19/May/2015
Ser Familia